Relato. Esperar es lo que más odio

Este es el primer relato que me publicaron, allá por el comienzo de 2007 dentro de la Antología de Nuevos Escritores “13 para el 21”. Este cuento dio la salida (inesperada y casi involuntaria) a la mitología de la Octava Familia.

Releyendo puedo ver mi estilo de los primeros tiempos y lo que ha cambiado. También, como curiosidad, este mismo relato conecta con lo acontecido mi última novela, la segunda parte de la Octava Familia que, a la hora de escribir estas líneas, sólo está a un capítulo de ser terminada, así que voy a por él…

Les dejo con, “Esperar es lo que más odio”.

*  *  *  *  *

—¿Tú crees que mi perro tiene retraso mental?

Tres segundos de silencio incómodo.

—¿Por qué me preguntas eso?

Y me miró como si mi tono le hubiera clavado un puñal en el pecho, pero me pareció que fui incluso educado para semejante idiotez.

—Pues te lo pregunto porque tú has visto a mi perro y me gustaría saber tu opinión.

Eso dijo, como si su conversación fuera lo más normal y mi reacción la incomprensible. Encima se cruzó de brazos como un novio indignado. Así que respiré hondo y opté por cerrar el tema con la menor resistencia posible.

—Sólo he visto a tu perro una vez y fueron dos minutos. No creo que pueda dar un diagnóstico en condiciones.

Muy inocente fui creyendo que eso bastaría para cerrar la puerta de la conversación.

—Es que no quiero un diagnóstico, sólo una opinión. ¿Piensas que lo tiene?

Apenas le dejé acabar la frase antes de girarme y ladrar respuesta (y si hubiera tenido veneno en los colmillos habría salido escupido con rabia).

—Mi opinión es que llevamos demasiadas horas de plantón en este coche, que no sé si los perros sufren retraso mental y que tú eres un idiota por preguntarlo. Esa es mi opinión.

Y mis palabras lo enfurruñaron, encogiéndose como un crío pequeño. Yo me removí desesperado en el asientom porque llevábamos no sé cuánto maldito tiempo esperando ante la casa sin que ocurriera nada. Cuando el mejor momento del día es salir a mear porque vas a reventar, sabes de veras que tu trabajo es un asco.

—¿Pongo el cd? —Preguntó

Volvía a la carga comenzando el mismo ritual de todo el día. Él decía alguna sandez de las que ponen los ojos en blanco, yo le cortaba, primero educadamente, luego mandándolo a la mierda porque la sutileza no la pillaba, entonces él se indignaba, pero a los dos minutos se le reiniciaba su cerebro de pez, que parecía borrarle todo. Así que comenzaba con alguna otra cosa más enervante que la anterior.

El nuevo ciclo de tortura se estrenaba insistiendo, por enésima vez, en poner un disco de trinos de pájaros que había traído. “Nos relajará”, dijo.

—No, a mí no, a mí me pone nervioso y me cabreo mucho si me pongo nervioso.

Dejé caer el final de la frase entre dientes, marcando cada palabra con tono lento de amenaza y comencé a rebuscar en los bolsillos mi tabaco, él no fumaba, de hecho era medio asmático o algo así y no soportaba el más mínimo humo, así que comencé a escarbar por todas partes buscando.

—¿Te he dicho alguna vez que soy de un pueblo pequeño? —Le oí decir.

Por fin encontré el mechero, luego el tabaco, me puse un pitillo en la boca y lo encendí dando bocanadas ansiosas, que saturaran el coche de humo gris y espeso. Tosió, me miró como rogándome que lo apagara, pero sobre todo siguió hablando. Yo miré fijamente a la casa que vigilábamos sin querer hacer caso, como si la vida me fuera en escudriñar cada detalle de la vivienda y eso me pudiera abstraer de lo que decía.

Fallida estrategia.

—Crecí en una casona a las afueras, en medio de un monte. Los terrenos eran de mi padre y vivía allí con mis tres hermanos, mis tíos, mi abuela y cinco o seis primos. Ya no lo recuerdo bien qué parentesco tenía cada uno. No iba a la escuela, aprendí a leer, escribir y sumar porque un profesor subía a escondidas a enseñarme cuando pastoreaba, si mis padres se hubieran enterado de eso, me hubieran deslomado, y al profesor también…

Yo seguí mirando la casa como una cuestión de vida o muerte, intentando exhalar el humo con los labios torcidos hacia él, para que le impactara cada bocanada.

—Cuando cumplí cinco años mi padre me hizo matar un conejo con mis propias manos para la fiesta. Me pegó un palizón de miedo por cerrar los ojos en el intento y lloriquear mientras el animal se retorcía. Yo era incapaz de desnucarlo, no tenía fuerza.

Era genial, piernas entumecidas, traumas de la infancia y un conejo, al menos de fondo no había trinos. Me pareció que alguien cruzaba por una de las ventanas de la casa y me fijé un poco más, entrecerrando los ojos. Él a lo suyo.

—Luego tuve que beberme la sangre del bicho y comerme el corazón crudo. Un viejo ritual de familia, ya ves. Me llevé unos bofetones más por blando y por que cada bocado era una arcada, pero es que me dio un asco enorme. En cada cumpleaños de los que vivíamos bajo aquel techo ese era el ritual, solo que yo empecé a ser consciente de ello entonces. Sangre y carne cruda para todos en vez de tarta. No estaba tan mal cuando te acostumbrabas, en serio. Cuando la abuela murió como un papel arrugado y llena de llagas hicimos lo mismo con ella que con los conejos. Entonces tenía ocho y la comida estaba muy rancia y olía fatal, pero eran las cosas de mi familia.

Hacía unas cuantas frases que la casa me importaba poco, que sin poder evitarlo miraba a mi compañero con los ojos ardiendo de mucho humo y no pestañear nada. Era flaco y poca cosa, pero su rostro huesudo se iba pintando de más sombras con cada palabra y el cigarro se me fue aflojando en los labios.

—Luego mi hermano pequeño murió en un accidente de caza y también le honramos a nuestra manera. Me rompí este diente porque pillé un perdigón perdido —señaló abriendo una sonrisa para mostrar medio colmillo partido—. Pronto se hizo demasiado largo esperar a que el siguiente cayera de modo natural y fue una prima mía, que no sé si era medio hermana, porque ¿sabes? —sonrió como recordando una anécdota— es difícil distinguir el parentesco en una familia incestuosa y caníbal. Carne de nuestra carne o algo así dijo mi madre poco antes de sacrificarla. Usamos el mismo barreño y aperos que cuando la matanza del cerdo.

Se me pasaron de golpe las ganas de fumar, así que apagué el cigarro con prisa. Se estaba quedando conmigo, pensé, pero mi reacción al oír su agradecimiento por lo del tabaco fue abrir la ventanilla en vez de decir que cortara el relato.

—Todo parecía incluso normal, hasta que un día mi familia decidió sin consultarme que me había tocado a mí y ¿sabes? Eso ya no me pareció tan bien. —Se encogió de hombros suspirando—. Así que la casa se quemó por accidente —entrecomilló con los dedos mientras corroboraba con un tú ya me entiendes— Sólo quedé yo y me vine a la ciudad a hacerme un hombre de provecho.

Me picaba la nariz a rabiar, en serio, pero me aguanté las ganas de rascarme porque le observaba alerta, buscando si mentía o era verdad o un sonado macabro o si mejor poner el disco de los trinos.

—Mira —me indicó con la cabeza en dirección a la casa—, ya sale.

Y en su regazo descansaba su pistola y la empuñó saliendo con calma del coche y cerrando la puerta con cuidado. Yo le seguí y disimulé mi propia arma velándola con la gabardina a juego con los guantes negros. Le oí decir, “ya ves, esa es mi historia, ¿cuál es la tuya?” o algo así preguntó. Y por un momento me detuve, miré al hombre alto que acababa de salir de la casa, con un niño de la mano y al lado del cual se agachaba en ese momento para ajustarle la pequeña capucha de su pequeño abrigo haciendo un pequeño nudo. Con niños siempre es más difícil, ¿por qué no pagan más cuando hay niños? Amartillé el percutor de mi arma con el pulgar y escuché el clic metálico.

“Ya ves, esa es mi historia, ¿cuál es la tuya?” Se repitió como un eco débil en mi cabeza.

¿Yo?

Yo no tengo historia supongo, yo es que simplemente soy un cabrón, siempre lo he sido.

Sólo eso. Un cabrón con una infancia feliz y normal.

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