Relato. Página 115

Relato - Página 115

No soy fan del pasado y la nostalgia me aburre enseguida, pero a veces visito a ambos. A veces veo textos viejos y en general me horrorizo. Luego veo otros y encuentro cualidades redentoras más allá de que fueran un mal necesario.

A veces también los retoco como el artesano al cuco. Nunca me olvidé de este relato que hoy vuelve de nuevo, pero sí olvidé los muchos años que hace que lo escribí. Diría seis, pero apostaría a siete u ocho.

No importa, cumple muchos años igual que su protagonista, pero ahora vive un poco otra vez.

Página 115


Hace semanas me alegraba de ser por fin mayor de edad, hace unos días ya tenía veinticinco, ayer cumplí treinta y hoy soplo cuarenta velas. A este paso a las cinco de la tarde me jubilo y mañana moriré.

A mi tiempo le han cortado los frenos y nunca me había fijado; ahora en lo que me fijo es en el barranco, ahí delante. Siempre pensé que el día que cumpliera cuarenta iba a ser traumático, el día de mi ejecución. Sin pelo, sin erecciones, sin poder mantenerme sobrio en una boda. Ahora ya sé cómo es ese día y es peor que lo peor que temí, porque simplemente es igual que los demás. No recuerdo nada reseñable desde que dejé la niñez, excepto quizá a mis hijos, que ayer aprendieron a decir “papá” y hoy a pedirme dinero. También recuerdo que tenía una mujer y que se fue y no la eché de menos ni un día.

A lo mejor es un balance pobre, pero no importa porque hoy es el día de la rebeldía. He recuperado mis viejos vaqueros y mi camiseta negra de los Rolling que mi madre, en paz descanse, usaba de trapo. Mi barriga aflora peluda entre ambas piezas de ropa y a lo mejor hay un descosido en el culo del pantalón, porque he oído un ruido y no encuentro el roto y no me los voy a sacar de nuevo para comprobarlo. Ponérmelos ha sido como esos contorsionistas que se encierran en una maleta. Pero tampoco pasa nada, porque lo externo me debe dar igual y ensayo poses ante el espejo. Debo recuperar el descaro de cuando era joven y pasaba de todo, entonces tenía vida para hartarme y la derrochaba a manos llenas: en el internado, en las tardes jugando al “Dragons”, en mi breve estancia en el seminario, en el coro de la parroquia. Yo molaba y si quiero puedo volver a molar. El libro en mi mesilla bien que lo dice.

“La juventud no es una cuestión de edad, sino mental. La vida es una chica guapa (también puede ser chico, pero para mí no). Si le pongo una sonrisa descarada a la vida, ésta me la devolverá con creces y me colmará de regalos. Yo y sólo yo creo mi mundo, con mi energía cuántico-vital que lo transforma en lo que desee mi mente armónica”.

Página 115. Amén.

Bajo las escaleras, piso fuerte y mi mirada es un desafío. Me cruzo con dos vecinas, viejas amargadas a las que apenas miro. Al pasar oigo una risita a mi espalda que suena como otro roto del pantalón. Por la herida que noto donde me han clavado la burla, siento sangrar mi energía cuántico-vital. Se borra mi sonrisa descarada y la reemplaza un rubor sudoroso, las cosas son siempre sudorosas en mí. Mis sobacos son una presa desbordada antes de pisar el último escalón, el eco de la risa de las arpías restalla en el hueco de la escalera y decapita mi moral. Me sorprendo encorvado como siempre, pero meto barriga en un último esfuerzo. Abro tembloroso el portal y justo pasa por delante una chica de la universidad cercana que me mira sorprendida, porque surjo de repente. No puedo más y exhalo, mi barriga cede y asoma de nuevo mi gran ombligo oscuro y lanudo, como un ojo de buey. La chica desvía su trayectoria un poco, para evitar la colisión con esa panza que emergió por su derecha como un ballenato del agua.

La veo marcharse, rebosa energía cuántico-vital en ese cabello castaño que brilla y por esos pequeños pantalones vaqueros, rotos como los míos, a ras de sitios que ya no visitaré. No sé si ríe porque está de espaldas pero supongo que sí, yo me la imagino de esa manera. Ríe joven y bonita, pero ríe igual que mis vecinas.

Entro de nuevo y cierro la puerta.

Subo las escaleras de las que no pierdo detalle porque no me atrevo a alzar la vista. En la estación del tercer piso de mi “via crucis” no hay risas, hay miradas de reproche, por haber intentado pintar saliéndome de las líneas. Entro en casa con la barbilla pegada al esternón, me coloco ante el espejo, me peino con cortinilla y me pongo mi camisa amarillenta, mi traje gris y mi corbata de lunares. Con estos pantalones puedo respirar y no enseño sitios que tampoco nadie visitará. Cojo la contabilidad de los Romero y bajo de nuevo. Como dos gárgolas mis vecinas de abajo siguen en su puesto. Ahora sí, han cumplido su función y ahora es como todo debe ser. Una se ajusta un mantillo que vio a Napoleón, la otra me dirige un buenos días, muy enseñoreado, muy gesticulado.

Nada cambia. Hoy he cumplido cuarenta años, esta tarde a las cinco me jubilo y mañana moriré.

One response

  1. Me ha encantado el relato. Y tengo algo que añadir: quizás si la camiseta de los Rolling y los vaqueros fuesen de su talla no se sentiría mal. Una cosa es querer seguir molando y otra no saber adaptarse a los tiempos y a las circunstancias. Una mezcla de eso era lo que necesitaba este señor. Biquiños!

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