Tres cosas sacadas de un cajón

Tres cosas breves que han salido metiendo la mano en el cajón de sastre.

He decidido recuperar de la editorial los derechos de mi última novela publicada, Tres reinas crueles. Afán de experimentación, supongo. Así que en las próximas semanas sacaré una nueva edición.

Próximas semanas, el comodín para que sean dos o dieciséis, y no mentir.

Así que, si alguien la está buscando ahora mismo, no está disponible y siento la inconveniencia.

Gracias a la editorial por confiar en mí, arriesgarse y hacer un excelente trabajo de corrección y primera edición.

Comentaré cuando esté lista, que no se diga.

Un apunte adicional sobre motivación

Respecto al tema de la motivación de la semana pasada. Profundizar hubiera implicado varios miles de palabras más. Al fin y al cabo es algo complejo y multifactorial, sin respuesta única/mágica/fácil, como todo lo importante.

Sin embargo, sí hay cosas que pesan más que otras. La esencial, como decía allí: hacer. Ese es el fundamento.

¿Y cómo realizar esa primera acción que ponga en marcha todo, incluyendo la motivación?

Al final es un acto de voluntad, vencer la inercia y sentarse a trabajar. Al final es una cuestión de dejar de hablar de una vez, y ponerse.

Pero para hacerlo más fácil, lo principal, en los casos en los que uno está realmente bloqueado, es empezar con una acción lo más pequeña posible, una primera chispa que inste a hacer más.

No te pongas con un capítulo, sino con una página, no te pongas con una página, sino apenas diez minutos.

Hazlo lo más sencillo posible y lo más pequeño posible. Y luego aprovecha la inercia en tu favor y continúa más allá.

Y si no hay manera ni de ponerse con un bocado muy pequeño, si no se pueden dedicar diez miserables minutos a escribir en la incomodidad, quizá uno debiera plantearse si la escritura es lo suyo.

Porque en ese caso, uno está enamorado de la idea de escribir (blanqueada y distorsionada en su cabeza) pero no del acto real de escribir.

La suspensión de la incredulidad

El tercer apunte está relacionado también con otro tema del que hablé y que causó no pocos comentarios: La veracidad en las historias.

Soy perfectamente consciente del concepto básico de la «suspensión de la incredulidad».

Por él, el lector, o quien presencia una historia, está dispuesto a suspender su incredulidad a cambio de que la historia le atrape y le emocione. Que le lleve a otro lugar, mejor o peor que este, pero en el que pueda sentir más.

Lo que no puede ser es que ese concepto sea una excusa para hacer lo que te dé la gana y que te salga gratis hacer saltar la veracidad por los aires.

La suspensión de la incredulidad no es algo que se debe dar por supuesto y, sobre todo, no se puede exigir a quien le cuentas la historia.

Te lo tienes que ganar.

Y en ese trato implícito, en el que el lector concede su incredulidad, primero has de darle tú esa emoción para que lo haga. Un entretenimiento al menos.

No puedes demandarla gratis, no puedes decir: «Hey, suspende tu incredulidad, estás obligado, he leído en alguna parte que tienes que hacer eso. Así que obvía mi pereza, mi falta de atención, mi falta de pericia o ganas.»

No hay que dar por supuesto ese principio, hay que merecerlo.

Y cuando lo haces, puedes deslizar esa falta de veracidad que te van a perdonar, que en realidad no importa, ni hace la historia peor.

He ahí la gran diferencia en las famosas águilas y todo lo demás.

El señor de los anillos es tan épica, tan emocionante, tan importante para un género y la literatura en general, que por supuesto estoy dispuesto a suspender mi incredulidad cuando la precise. Se la ha ganado.

Esa es la clave, primero hemos de entregar nosotros algo. Porque nadie nos debe nada, pero a veces te lo ganas.

Y ya está, cierro el cajón para no clavarme las muchas cosas inacabadas que contiene.

Si quiere, se le avisa por email cuando haya contenido nuevo

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2 respuestas

  1. Hola otra vez, Isaac.

    Qué más puedo añadir a lo escrito por ti. Una vez más das en el clavo (y sin necesidad de martillo).

    Nunca había oído o leído lo de la suspensión de la incredulidad. Sigo aprendiendo.

    Gracias.

    Un saludo literario. Desde Oviedo.

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