Tres libros

Paris era una fiesta

Ayer fue el día del libro, bla, bla. bla.

Personalmente los días dedicados a algo me parecen una tontería. En ellos decimos que ese algo es importante, pero la mayoría no lo pensamos, aunque creemos que lo pensamos, pero los 364 días restantes no nos acordamos y esa es la prueba real de la importancia.

Una vez alguien me felicitó, pregunté por qué y me dijeron que era el día de los hombres o algo así. Me quedé con esta cara (no la puedes ver, pero es esta cara) y seguí a lo mío.

El caso es que, al menos, ayer fue el día del libro, así que si te van a saturar con algo, que sea algo a lo que doy importancia los 364 días restantes.

Así que bien y así que hoy, después del día del libro, a mí me gustaría hablar de tres. De los tres que más huella me han dejado en los últimos meses por una razón u otra, dejando al margen libros de no ficción.

Lo hago porque sí y porque merecen que se les recuerde, que se hable de ellos, incluso cuando nadie monte a su alrededor grandes campañas de Marketing, con fiestas y firmas.

El extranjero de Albert Camus

El Camus filósofo me impresionó en su día, al Camus novelista lo descubrí después.

Es una pena que escribiera poca ficción y me da rabia que alguien, que no se prodigó mucho en ella, rematara semejante obra maestra en tan pocos intentos.

Quiero pensar que le costó sangre, sudor y que fue un parto, que tuvo mil manuscritos en el cajón y que sufrió dando forma a ese. Porque si le salieron a la primera o poniéndose solamente entre debate y debate de la filosofía del absurdo, me voy a tirar balcón abajo.

Lo dije en su día, igual que dije que no lo repetiría en público debido a mi admiración por Hemingway, pero ya se sabe para lo que sirven los propósitos, así que lo diré de nuevo.

El uso del lenguaje mínimo y sin flores por parte de Camus es, simplemente, magistral, superior al de Ernest, llegué a decir aquel día.

No sobra ni una palabra en El extranjero y si la quitas, todo se cae. Y con sólo las necesarias es capaz de decir mucho más que el resto con el diccionario completo.

Es fácil extenderse, recientemente empecé un libro de un autor que no paraba de repetir variantes de las frases para intentar rematar la idea que quería transmitir.

Pero no la remataba, la diluía, con adjetivos y sinónimos que deshacían la esencia.

Y viene Camus con siete palabras y te vuelca el mundo, retándote a que lo hagas mejor.

Es fácil decir mucho, es de maestros decirlo todo con las palabras justas y ni una más. Y Camus es maestro.

Si a alguien se le aparece el fantasma de Faulkner, puede arrojarle a la cara El extranjero para exorcizarlo.

El Sunset Limited de Cormac McCarthy

Los tres libros de los que hablo aquí tienen cosas en común, una de ellas es que están escritos por autores que generan emociones llegando hasta el centro de las mismas en una sola cuchillada. Sin rodeos, sin piropos y sin lubricante. De la forma más pura y descarnada.

Si alguien ha leído La carretera, también de este autor, sabe a lo que me refiero.

El Sunset Limited es una novela extraña, porque está en forma de obra de teatro o guión cinematográfico. Sólo hay dos personajes en una habitación, referidos como “Blanco” y “Negro”, así de simple.

Y hablan y ya está, de temas importantes como la vida, la muerte y lo que hay en medio de ambas cosas. Esa es la novela. No voy a desvelar por qué están en la habitación.

La narración es 99% diálogo y es perfecto. Así de sencillo, diálogo perfecto. Si McCarthy lo hubiera pulido más, resplandecería tanto al sol que sería imposible leerlo. Pero lo que en realidad es imposible es hacerlo mejor.

Si alguien ha escrito alguna vez un diálogo en su vida, puede leerse El Sunset Limited y luego ir a sus papeles y quemarlos por indignos.

París era una fiesta de Ernest Hemingway

Papa” cogió su fusil y se pegó un tiro, dejando sin publicar esta crónica de recuerdos de cuando tenía 25 años y vivía en París, rodeado de Ezra Pound, Scott Fitzgerald o James Joyce. Un tiempo que recuerda con el romanticismo y el exceso de bondad con el que siempre miras a los años jóvenes, perdonando y olvidando muchas cosas.

Tiempos de poco dinero y ser feliz con un libro o un paseo. Quien espere una crónica de alcohol y fiestas, como si fuera un Easton Ellis de principios del XX, están equivocados. La novela, en sí, apenas cuenta días tranquilos en los que Ernest comienza a escribir sus cuentos y su primera novela The sun also rises (Fiesta, en España), tiene agradables charlas y otras muy curiosas con sus contemporáneos, va a esquiar, vuelve, recoge un coche con Fitzgerald y demuestra que me tendría que haber callado la boca con Camus, porque me la cierra él de un puñetazo. El último Hemingway es el mejor, el mejor con enorme diferencia, lo reconozco caído en la lona bajo sus golpes. No volveré a dudar.

Literalmente me quedé parado tras algunos párrafos, helado durante unos segundos, pensando que era imposible escribirlos mejor.

Nunca leo para analizar lo que han hecho los que lo escribieron, como decía Bukowski, eso no sirve, es un proceso inconsciente que se da o no y cuando se da ni lo sabes. Pero a veces, en algunos trozos, es imposible no ver más allá de la historia que te cuentan y deprimirte primero, para agradecer después, que hayas podido leer algo que nunca, nadie, podrá mejorar.

Es una pena que “Papa” cogiera su fusil, porque ese Ernest que estaba retocando el manuscrito de París era una fiesta se había convertido en el mejor, llegando a ese sitio donde no sólo estás más arriba que el resto, es que eres intocable.

Y esos tres libros tienen otra cosa en común, cuentan historias sosegadas, donde ocurre poco y los fuegos artificiales no aparecen. La mayoría de la gente que los lea dirá (se quejará de) que no ocurre nada en ellos.

Hemos perdido el sosiego de las historias, las que son buenas por la manera en que están contadas, porque hablan de los temas importantes y de la vida, las que te atrapan y cogen el reloj, marcando el paso del segundero como debe. Esas que te enganchan más que muchas sin necesidad de usar truco alguno. Esa es la señal de maestría.

Y no necesitan gritar para llegar hasta lo más hondo, de una cuchillada perfecta.

2 responses

  1. Juguemos a barajar los tiempos; alterar las fechas; confundir los homenajes; fundir el absurdo subyacente a todo aniversario…

    De modo que cuando la inmensa mayoría de los pobladores de nuestro entorno [casi siempre hostil] se entregan sin mesura al Día del Libro, por ejemplo, algunos celebremos, por ejemplo el Día de la Mujer Trabajadora [una de las mayores cretineces, en mi modesta opinión].
    De igual modo el Día de los Enamorados nosotros podemos celebrar el citado Día del Libro y entregarnos en cuerpo y alma a ese papel tatuado con palabras que nos atravesaron las entrañas y erizaron cada poro de nuestra piel…

    Alterar; cambiar; romper… ¿para qué?… tal vez para sabernos vivos…

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