Un juego de pulgadas

Oliver Stone escribió y dirigió una película bastante olvidable llamada "Un domingo cualquiera". Va sobre fútbol americano y, en general, es un buen fondo de siesta.

Hasta que llegan cinco minutos en los que Al Pacino, el entrenador del equipo, da el discurso motivador para el gran partido. Es un cliché repetido hasta la nausea en cada película de ese estilo y muchos otros.

Pero he aquí la diferencia, esos cinco minutos hacen la película memorable, porque el discurso del entrenador D'Amato resume la vida a la perfección. Y la vida es, como el fútbol americano y como casi cualquier otra cosa que existe, un juego de pulgadas.

Él le pide a su equipo que luche por esas pulgadas que parecen insignificantes. Les pide que las arañen y avancen una a una para salir del infierno, porque en ellas está caer o ascender. En la elite de las cosas, unas pocas pulgadas o centésimas son lo que decide.

Y además, hay otra implicación. Que la diferencia, en la mayoría de ocasiones, no la marca nuestra inteligencia, ni nuestro valor, ni ninguno de los méritos que nos atribuimos. La marcan las pulgadas casuales, los segundos, los centímetros que a veces caen de nuestro lado, a veces del contrario y la mayoría indiferentes.

Un segundo después y la persona con la que estás ahora quizá no se hubiera topado contigo, unos segundos antes y ese coche a toda velocidad hubiera sido el que te encontrara.

Sería aterrador poder saber a qué pocas pulgadas o segundos nos hemos quedado de que la vida nos cambiara completamente (para bien o mal).

En una ocasión un cura austríaco salvó a un niño de cuatro años de morir ahogado en un río helado, aquel instante permitió que el niño viviera para ver negada, años después, su admisión en la escuela de arte de Viena. Eso le frustró enormemente, porque no pudo ser lo que siempre quiso, pintor. Como tantos otros de su época luchó en la Gran Guerra y participó en una batalla cerca del pueblo de Marcoing, en Francia. Allí luchaba también Henry Tandey, del ejército de su majestad británica. Morían y huían hombres a uno y otro lado, hasta que Tandey se topó con nuestro protagonista en su línea de fuego. Éste estaba herido, pues le habían alcanzado en unos centímetros y no en otros cercanos y mortales, deambulaba y no alzó su rifle para responder al británico. Tandey apuntó al herido y su honor le susurró que fuera humano en medio del horror y la muerte. Bajó el arma y lo dejó marchar. Tandey el humano fue, y no otro de los muchos que estaban en otros centímetros y hubieran descargado la bala. Henry acabó la guerra como el soldado más condecorado del ejército británico.

Veintiún años después ese niño salvado, ese joven rechazado, ese soldado herido, inició la segunda guerra mundial. Se llamaba Adolf Hitler. En la conferencia en la que engañó a todos diciendo que no invadiría Checoslovaquia, le pidió al primer ministro Chambelain que saludara al magnánimo soldado británico que le salvó la vida, pues lo había reconocido en un recorte de prensa que guardó. Tandey vivió cada minuto, desde que lo supo, arrepentido de esos segundos que cambiaron un mundo.

Por unas miserables pulgadas hemos estado y estaremos cerca de la ruina y la grandeza, por muchas no luchamos en su día y a otras muchas no las conoceremos.

La vida es imprevisible. Unos instantes de casualidad, unas pulgadas de distancia, pueden tener fácilmente más poder que toda nuestra voluntad. Mirar el juego así, como realmente es, vuelve humilde, aunque sea poco.

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