Un vistazo breve a lo próximo

El verano se arrastra pegajoso y yo he tomado la decisión de hibernar. Es lo que hay. En esa hibernación y durante los próximos cincuenta o sesenta días, sólo haré una cosa: escribir (y quizá otra, volverme más loco).

Y he aquí que, como mi web llora desangelada y yo siempre he sido un blando ante las lágrimas, un pedazo de lo que tengo entre manos ahora mismo se viene a vivir aquí.

Yo siempre tuve la regla de no mostrar nada que no estuviera terminado, por aquello de mostrarte en crudo, sin corrección y sin correcciones. Pero también tengo la regla de poder vivir con mi hipocresía. Igual este pedazo ve la luz o no en el manuscrito final. Ni lo sé ni me preocupa, hoy arranco esas páginas y las pego a continuación.

* * *

En “Las Blancas” las familias de los de que trabajaban en el mantenimiento de la urbanización vivíamos en “Las Grises”, unas casitas más allá. Se hicieron pequeñas y arrejuntadas donde no se vieran mucho, no hubiera testigos, ni hiciéramos suficiente ruido que pudiera molestar a los señores de las grandes mansiones. De vez en cuando los de “Las Grises” imitábamos a los de “Las Blancas” y teníamos nuestras propias fiestas, con vino más barato, parrilladas en vez de catering, familias en vez de modelos con poca ropa y música mucho más baja. Mi única participación en ellas era oírlas mientras estaba en la cama, sin poder dormir porque me enfurruñaba que mis padres no me llevaran. Yo sólo era un crío y ese era el único momento en el que no trabajaban y querían emborracharse, supongo, para luego volver haciendo ruido. Oía a mi madre chistar inútilmente cuando entraban y luego escuchaba esos ruidos en el dormitorio. Yo era tan inocente que no tenía ni idea de qué pasaba, pero me daban un poco de miedo y me tapaba con la sábana, pues mi madre y mi padre emitían gruñidos raros. Una noche a mi imaginación le dio por pensar que quizá eran hombres lobo, pues por mi ventana podía ver la luna llena. Fui hasta su habitación, pero habían echado el pestillo, seguramente no querían que los viera convertidos en animales salvajes, pero yo los hubiera querido igual.

El caso es que aunque yo fuera “Gris” y un crío que no sabía nada, tenía un amigo “Blanco”. Se llamaba Aarón, pero le apodaban “Pequeño Fox”, porque era hijo de Abraham el “Zorro”. Era algo mayor que yo y era imposible que saliera crío más dulce de padre más cabrón. Por eso, cuando crecí como para saber qué eran los ruidos tras la fiesta, pensé que su madre se la había pegado al “Zorro” con otro. Yo jugaba con Aarón, que se escapaba muchas tardes de las garras del “Zorro” padre. Cuando nos veíamos no era para fumar hierba a escondidas o bebernos lo que otros críos “Blancos” robaban del mueble bar de sus padres, sino para alejarnos por la noche de la urbanización y sus luces, bajar la ladera hasta el Claro de la Diabla y allí observar las estrellas. Él tenía un telescopio con el que mirabas y podías ver a Saturno y sus anillos o a Jupiter y sus franjas de color. Yo ponía un viejo libro de astronomía y un mapa estelar de cartón roñoso. “Pequeño Fox” los tenía mejores, con papel satinado y fotos en color, pero los dejaba en casa y así yo también aportaba algo en todo aquello. Así era “Pequeño Fox”, que te dejaba hacer esas cosas en vez de restregarte por la cara su dinero.

Luego vinieron los Ases, a los que les pareció muy divertido meterle no sé cuántos petardos por el culo a Aarón y encenderlos. Siempre se metían con él por ser gay, cosa que yo no entendía muy bien. Aquel día le dijeron que así le ensanchaban el culo, que era por su bien y que de mayor sería mejor zorra. Así le llamaban los ases: zorra. Se lo llevaron al hospital y la cosa se revolucionó aquella tarde, pero no pasó nada, porque eran los Ases y además el Abraham “el Zorro” no soportaba tener: “un hijo mariconazo y sin cojones. Un mierda de heredero”.

“Pequeño Fox” me besó una vez en el Claro de la Diabla y yo no hice nada, simplemente le miré. No había sentido lo más mínimo, pero él temblaba y me pidió disculpas mil veces antes de salir corriendo y dejar allí su carísimo telescopio. Tardamos un par de semanas en volver a coincidir en nuestro lugar de reunión. Hasta ese día ni nos vimos, pero pasaba el cometa Halley, así que allí estaba yo, mirando por el telescopio que él había abandonado la noche en que me besó. Apareció Aarón y no hubo que decir nada, simplemente le hice señas de que se acercara y mirara él también.

Fue genial. Casi tanto como la paliza que le propiné a uno de los Ases tiempo después, poco antes de yo abandonar las Blancas y poco después de que Fox se marchara en aquella ambulancia por los petardos. El as, creo que era el que apodaban “de corazones”, caminaba solo y tambaleándose de la borrachera. Yo tenía unos trece años, tres o cuatro menos que los Ases, pero también tenía la sorpresa y una barra de acero escamoteada del taller de mi padre. Esperé al As tras un frondoso seto, el rostro tapado con un pañuelo y los puños enguantados. Desde entonces tres de mis dedos de la mano izquierda pueden adoptar formas raras, porque me los rompí al querer sentir directamente cómo mi puño, en vez de la barra, se estrellaba directamente en aquel rostro. No me arrepiento, además, antes de que me abandonara, Ariadna se reía cuando yo deformaba adrede mis dedos rotos. Quizá si es por lamentar, lo único que lamento es no haber comprado unos petardos para aquella noche.

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