adicto

Una historia lo cambia todo

Ayer me recordaron que esto lleva abierto desde 2004, así que supongo que es testimonio de mi obsesión por el lenguaje y, sobre todo, las historias, la forma más poderosa que puede adquirir algo que, por sí solo, ya es bastante potente.

Nací en un pequeño pueblo del interior. De vez en cuando vuelvo por allí, pues cosas como la familia y los amigos de siempre tiran para que salga de la cueva.

En mi pueblo existía un antro que merece el nombre, al contrario que las moderneces que sólo pretenden. Cerró hace poco, pero llevaba desde los 80 siendo el santuario de los perdidos. Por fortuna, llegué muy tarde a las noches de esa década. Poco tenían que ver con la mierda de nostalgia con la que series y películas tapan su mediocridad y, de paso, quieren que seas el tonto que cree que puede recomprar su infancia.

Es imposible y los 80, cuando se ponía el sol, eran muy duros.

Aquellas noches te mataban en un rellano o te convertían en inmortal, pero marcado para siempre.

En aquel antro se juntaron esa década y la siguiente. Reconocías a los de los 80 por las cicatrices, el rostro más ajado que de costumbre, los ojos con un poco menos de brillo. Quedaban los que caminaron por una fina línea de azúcar marrón y no se cayeron, pero dieron algún traspié.

Durante un tiempo, uno de ellos, que a veces trabajaba de camarero, comenzó a hablar con nosotros. Yo mantenía la distancia de siempre y él hacía bromas, nos invitaba y creo que lo echaron por tanta generosidad con todos, no lo sé. En fin, un personaje habitual de la mitología de los pueblos, uno de esos supervivientes de un cuarto de baño con la tapa bajada siempre, que no sabes muy bien a qué se dedica un martes cualquiera.

Con el roce de la barra, me saludaba cuando me veía por la calle y yo respondía con la palabra más corta que encontraba. Una vez, me dijo que me vio paseando a solas, con un libro en la mano y la sensación de no tener una preocupación en el mundo. Él estaba sentado en la terraza de un bar, me vio de lejos y me envidió.

«No lo hagas», fue mi respuesta.

Y nada más.

Pasé mucho tiempo sin verlo, hasta que reapareció un poco más apagado, bastante más viejo. Me dijeron que tenía varios stents abriendo las arterias del corazón que cerró aquella mierda de época.

También me contaron que una de sus mejores amigas se dedicó a pasear por el mismo precipicio, pero perdió el pie, dejando a un hijo sin padre y recién nacido.

Pues ese hijo terminó una carrera, me contó una amiga. Pagada por la misma generosidad de las rondas en el antro. Aquel hombre ayudó a los abuelos a cuidarlo y le dio lo que tuvo, tal y como prometió que haría.

Y he aquí al idiota más grande de esta historia: yo (y a lo mejor mi distancia).

El pasado fin de semana me lo encontré de nuevo, pero tantos años de monosílabos hicieron su efecto, me respondió al saludo, bajó la vista y siguió su camino. Le vi marcharse y me quedé con el: «¿Cómo estás?» en la recámara, con haberme quedado un rato, quizá ser yo el que invitara esta vez.

Así son las cosas. De pronto, llega una historia que lo cambia todo. Incluso la opinión y el prejuicio de un imbécil.

Resulta que eso no es imposible, aunque lo parece si miras alrededor. Resulta que lo hizo tarde y no sirvió de nada, pero esa es otra historia diferente.

Cuando es bastante buena, justo la adecuada, o conecta de alguna manera extraña, una historia lo puede todo.

Ese es su tremendo poder, a venerar y manejar con cuidado.

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