Una historia lo cambia todo

Hoy he ido a comprar vino para una cena y la botella elegida es bastante normal, ni siquiera es muy cara y podría pasar desapercibida entre las otras que haya.

Pero la mayor diferencia en ella la marca una historia. La de que es exactamente el mismo vino que se sirvió en la cena de los Óscars de 2013.

Una anécdota casual, una historia breve y algo tonta, contada en una frase.

Pero puedo apostar y no perderé, a que el vino no será percibido igual que si no se contara. Es más, estoy seguro de que acabará siendo el más recordado. No digo el mejor, pero sí el recordado.

Este es simplemente un detalle pequeño, pero es una muestra del enorme, enorme, poder de las historias.

Una tan insignificante como esa puede hacer que se recuerde lo que estaba destinado a olvidarse.

Descubrimos el fuego, creamos el lenguaje y desde entonces nos sentamos alrededor del primero para contar historias con el segundo. Las historias morirán sólo cuando lo hagamos nosotros, pero mientras perduremos, nos acompañarán, no importa el medio que usemos para contarlas.

¿Ha visto esas pequeñas libretas negras con goma tan monas que venden en algunas papelerías? Se llaman Moleskine, le encantan a los “hipsters”, valen un dineral comparadas con el resto y el motivo es que son las que usaban Picasso, Hemingway o Dalí.

Y con esa historia que cuentan han vendido miles y miles de libretitas Moleskine en los últimos años.

Pero no es cierta, no hay pruebas de que usaran esa libreta, ni las fabricaba esa misma empresa, usaban cuadernos similares, pero no ese. Y sin embargo Moleskine se ha adueñado del mito y gracias a esa historia, fácil de repetir y extender, han ganado mucho dinero.

Como todo poder, la de las historias es una fuerza ciega y se puede usar para muchos fines. ¿Que sea más o menos verdad? Nunca suele importar si la historia es bastante buena. Por eso los libros se hacen inmortales y las mejores leyendas urbanas se niegan a desaparecer.

Cuando tenemos una buena historia corremos a contarla, nos da status, atención, importancia. Mucha gente que lee libros no se explica cómo muchos otros se hipnotizan con programas del corazón. El motivo es el mismo, las historias. Son un folletín con amores, traiciones, personajes coloridos, sucesos extravagantes, son telenovela “real”, historias también.

A lo mejor en la próxima cena en vez de buscar vino usted compre Fanta, porque hay niños o para mezclarla con alcohol. La cogemos, la pagamos, la bebemos y pasa por nuestra vida indiferente.

Cuando estalló la segunda guerra mundial, Coca-Cola le encargó una misión imposible a su responsable en Alemania, Max Keith, que mantuviera viva como fuera a la empresa allí. Y a partir de ahí, la guerra partió en dos a la multinacional y la parte en suelo nazi quedó aislada de las operaciones.

Como Keith no podía importar los ingredientes, no podía fabricar Coca-Cola, pero tenía que hacer lo que fuera por mantener la promesa, así que cogió lo que pudo y creó una bebida (con restos) que se parecía al Ginger Ale. Luego reunió a los suyos y les dijo que precisaba un nombre, que dejaran volar su fantasía (“fantasie” en alemán). Knipp, uno de sus vendedores veteranos, dijo enseguida “Fanta” y el resto es historia.

Cuando terminó la guerra Coca-Cola vio lo que Keith había hecho y decidió que todo el mundo bebería también aquel fruto de la necesidad.

Fanta es lo que los nazis bebían porque Coca-Cola no podían.

Otra historia, sin moraleja ni grandes finales, pero que hace que las cosas ya no sean iguales la próxima vez que veamos la etiqueta.

Cambiar percepciones, hacer que no escuchemos igual las canciones de Willie Johnson, provocar emociones, convencer a otros… Las historias cambian nuestra realidad, a veces un poquito y otras un mundo.

Casi nunca nos damos cuenta de la diferencia que marca una historia y haríamos bien en cuidarnos de quienes saben contarlas.

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