Verano en la ciudad

Hot town, summer in the city

Cuando era pequeño me gustaba Joe Cocker, a saber cómo se llama esa tara en psicología. Y aunque no soportaba Unchain my heart, me encantaba Summer in the city. Luego te enteras de que la canción original no es suya, sino algo más antigua (si es que hay algo más antiguo que Cocker) y la crearon los Lovin’ Spoonful. En fin, esas son las decepciones infantiles que me empujaron al barro y no las de los Reyes Magos.

El caso es que éste es un verano en la ciudad igual que el que lo precedió. También iba a ser un verano de escritura igual que aquel, pero lo cierto es que aunque escribo cada día sin fallar, todo son lo que llamo relatos a ninguna parte. Historias cortas que a saber dónde terminarán y que no tengo intención de mover, publicar o dejar que alguien (aparte de la parte que me dice que nos hemos coronado con semejante basura) los lea. ¿Por qué los escribo entonces? Porque tengo que.

Amigos comparten por móvil (y supongo que por un Facebook que por fortuna nunca tuve) sus fotos de playas que no distingo. Me parece curioso el hecho, uno abre la veda y pronto los demás se unen para no quedarse atrás. Envían fotos de donde están o estuvieron, como si esos fueran los goles del marcador de la vida. El otro día hablaba con un amigo que tiene un bar y me contó la historia de las chicas que no se miraban. Eran todas amigas, estaban en una mesa y también muy arregladas. “No se hablaban”, me dijo, miraban los móviles o a todas partes y, en general, apenas hacían comentarios o parecían esperar que la velada terminara. Entonces, a intervalos regulares, alguna decía: “¡foto!” y entonces era como si el alma les volviera al cuerpo y sonreían y ponían morros de pato y supongo que la foto subiría al Facebook y luego el alma se marcharía otra vez a hacer mejores cosas en otro sitio. Le fascinó aquel hecho y conociéndolo supongo que alguna también era guapa porque si no, no se habría fijado.

Nunca he comprendido muy bien esa parte de las redes sociales, igual que nunca comprendí lo de trabajar once meses y descansar uno. Cuando aún creía que Cocker creó el verano en la ciudad ya me parecía un timo. Yo te doy tiempo, tú me das dinero y luego me paso el resto de la vida convenciéndome de que he salido ganando. Muy bien.

Aparte de eso este fin de semana me lo pasé pergeñando experimentos vitales hacia ninguna parte, igual que escribo hacia ninguna parte y por lo que puedo releer de estas líneas, esa “malaltia”” ha contagiado también el blog.

2 responses

  1. Será que te ha invadido el virus de la escritura ese vicio-enfermedad del que hablaba Hemingway. Aislarse escribiendo no impide luego que nos relacionemos con los demás en un bar, sin móviles ni redes sociales. No estamos tan enfermos. Los que se consideran normales y no saben mantener una conversación sin interrumpirla para mirar su cuenta de twitter, facebook u otra, tal vez estén peor que nosotros.

    Gracias por estos escritos inspiradores. Son un lujo.

  2. Hola Yolanda:

    El virus de escribir me tocó hace mucho y yo me lo vuelvo a inocular todo el rato. Supongo que ya ha llegado a ese punto al que llegan los parásitos de haber metido tan dentro los tentáculos que, si lo extraes, muere el huésped.

    Muchas gracias por tus palabras y yo tengo dos para esos que no saben tener una conversación sin interrumpirla con el móvil: muerte y destrucción.

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