vivir para escribir bien

Vivir para escribir (bien)

Hemingway hablaba de que la buena escritura debía tener un componente clave: la veracidad. Este es uno de los elementos peor entendidos y, por eso, no termina nunca el debate sin sentido sobre si se debería escribir solamente sobre lo que uno conoce o no.

La lectura debe ser un viaje, pero ese movimiento en el lector solo se puede provocar encendiendo en él la emoción adecuada que lo impulse hasta el lugar en el que queremos que esté. Para ello, hace falta esa veracidad a la hora de contar algo. Una veracidad que poco tiene que ver con escribir historias de la vida real, sino con dotar a cualquier narración, trate de lo que trate, de la emoción precisa. Ese es uno de los signos principales de escribir bien.

Para que alguien sienta la experiencia al leer, esta tiene que ser orgánica, que la note como real y no como la enésima ficción con decorados y personajes de cartón, leídos mil veces ya. Para que esto ocurra, esa experiencia (las emociones tras ella) tienen que haberse vivido y digerido por el escritor. De ese modo será capaz de expresarlas mucho mejor de lo que la mayoría puede hacerlo.

Eso significa que, para escribir bien, hace falta un elemento clave que no aparece nunca en todas esas listas de consejos que rondan por ahí: haber vivido.

Porque cuando has vivido y se te ha tatuado una experiencia de amor, de pérdida, de terror o de éxtasis, podrás transmitirla de una manera que resuene en el lector y le haga despertar lo mismo dentro de él. Podrás hacerlo además moldeando la forma externa que desees según lo que estás contando.

Vivir algo es la manera de no quedarse en la superficie a la hora de escribirlo, es la clave para llegar a ese lugar inexplicable desde el que los buenos escritores cuentan sus historias.

Todos hablamos de ser únicos, de tener voz propia y encontrar nuestro estilo. Paradójicamente, lo vamos buscando en los demás, en contenido que promete lograrlo en pocos y fáciles pasos. Lo vamos buscando en copias de películas y series, en escenas que, se notan a la legua, no han sido vividas por el escritor ni de lejos y, por tanto, no pueden ser transmitidas o contadas con ese «algo» diferente que distingue a los buenos. Esto es cierto para las cosas más tontas (por ejemplo, se ve claramente cuando un escritor describe una pelea, pero no ha estado en ninguna) y sobre todo para las fundamentales.

Esa individualidad de la voz del escritor nace de la experiencia propia y de cómo la hemos integrado. Eso implica en cómo nos hemos parado a pensar y reflexionar, porque esa es la otra cara de la moneda, para escribir bien hay que pensar bien, de una manera honda, desde varios ángulos, no conformándose con nadar por la superficie de las cosas.

La capacidad de expresar adecuadamente esas situaciones y despertarlas en el lector será proporcional a lo que nos hayamos preocupado por vivir y entender el mundo, a nosotros y a los demás.

Haber pensado, eso tan difícil hoy, un trabajo duro.

Como yo no soy de esos buenos, voy a insistir en un punto que debería haber quedado claro, pero tengo el temor de que se haya diluido y dispare de nuevo el debate que no tiene sentido. Así que repito una vez más como los malos escritores que machacan ideas ya expuestas: esto no consiste en que sea necesario haber vivido exactamente la situación que se escribe, sino las emociones, la experiencia interior, lo que hemos visto y sentido de primera mano en otros… Aunque sea haberlo vivido como Mary Shelley en un sueño, alimentado por las historias que oyó de su padre y las narradas en aquellos días oscuros de Villa Diodati. De allí emergió Frankenstein, así es como pudo transmitirlo con esa dosis necesaria de la veracidad de la que hablaba Hemingway, y que poco tiene que ver con un realismo intransigente.

Es innegable que la mitad de la ecuación que dice que hay que vivir resulta una complicada tarea para los que nos gusta encerrarnos en silencio, con las historias de nuestra cabeza y la creencia de que, alguna vez, una de ellas marcará una diferencia.

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